Evangelio y palabra del día 16 septiembre 2026

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 

1 Corintios 12, 31–13, 13

Hermanos: Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostrarles el camino mejor de todos. Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que resuena o unos platillos que aturden. Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.

El amor dura por siempre; en cambio, el don de profecía se acabará; el don de lenguas desaparecerá, y el don de ciencia dejará de existir, porque nuestros dones de ciencia y de profecía son imperfectos. Pero cuando llegue la consumación, todo lo imperfecto desaparecerá.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño y pensaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, hice a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo y oscuramente, pero después será cara a cara. Ahora sólo conozco de una manera imperfecta, pero entonces conoceré a Dios como él me conoce a mí. Ahora tenemos estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor; pero el amor es la mayor de las tres.

Lectura del santo evangelio según san Juan

Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros:

‘Tocamos la flauta y no han bailado,
cantamos canciones tristes y no han llorado’.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: ‘Ese está endemoniado’. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores’. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen».

Es precisamente la clase dominante la que cierra las puertas al camino que Dios quiere salvarnos. Y así entendemos los intensos diálogos de Jesús con la clase dominante de su tiempo: discuten, lo ponen a prueba, le tienden trampas para ver si cae, porque es la resistencia la que nos salva. Jesús les dice: «¡Pero no los entiendo! Son como esos niños: les tocamos la flauta y no bailaron; les cantamos un lamento y no lloraron. ¿Qué quieren?». «Queremos lo nuestro: ¡queremos la salvación a nuestra manera!». Siempre es este cierre al camino de Dios. (…) No creen en la misericordia ni en el perdón: creen en los sacrificios. «Quiero misericordia, no sacrificios». Creen que todo debe estar resuelto, ordenado, claro. Este es el drama de la resistencia a la salvación. Nosotros también, cada uno de nosotros, llevamos este drama dentro. Pero nos conviene preguntarnos: (…) «¿Creo que Jesús es el Maestro que nos enseña la salvación, o voy por todas partes buscando gurús que me enseñen? ¿Un camino más seguro, o me refugio bajo el techo de prescripciones y los muchos mandamientos de los hombres? Y así me siento seguro, y con esta —suena un poco duro decirlo— seguridad, compro mi salvación, que Jesús da gratuitamente con la generosidad de Dios. Nos conviene hacernos estas preguntas hoy. Y la última: ¿Me resisto a la salvación de Jesús? (Francisco – Homilía de Santa Marta, 3 de octubre de 2014)